martes, 14 de diciembre de 2010

PAUL ROBESON

Paul Robeson (Princeton, 9 de abril de 1898 - 23 de enero de 1976) fue un actor políglota, atleta, cantante de conciertos, bajo profundo, escritor y activista de los derechos civiles. Hijo de un esclavo fugitivo y que se había convertido en predicador protestante y que logró licenciarse en la Universidad de Lincoln. Su madre era proveniente de una familia de cuáqueros que había luchado por la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos. En 1910, la familia Robeson se traslada Somerville, Nueva Jersey. Luego de estudiar Derecho en la Universidad de Rutgers, Robeson se graduó de abogado. Fue el tercer estudiante de origen negro en aquella universidad. En su juventud, fue jugador de rugby, de béisbol y de baloncesto en la Universidad. Si no hubiese sido por su condición de persona negra, Robeson hubiese constituido el prototipo heroico de la sociedad norteamericana de su época. Paul Robeson, “tomó conciencia política y "aprendió que el carácter esencial de una nación no está determinado por las clases altas, sino por el pueblo, y que los pueblos de todas las naciones son hermanos en la gran familia de la Humanidad". Robeson tomó contacto con los miembros de organizaciones antifascistas de los distintos lugares del mundo donde vivió y comulgó con los oprimidos y con la dirigencia de la clase obrera de la época. Empezó a comprender que su arte tenía la capacidad de servir a la lucha de los trabajadores de todo el mundo. Se convenció de que los afroamericanos, como descendientes de esclavos, tenían una cultura común con los trabajadores de otros países.

ODA A PAUL ROBESON

Pablo Neruda

Antes

él aún no existía.

Pero su voz

estaba

allí, esperando.

La luz

se apartó de la sombra,

el día

de la noche,

la tierra

de las primeras aguas.

Y la voz de Paul Robeson

se apartó del silencio.

Las tinieblas querían

sustentarse. Y abajo

crecían las raíces.

Peleaban

por conocer la luz

las plantas ciegas,

el sol temblaba, el agua

era un boca muda,

los animales

iban transformándose:

lenta,

lentamente

se adaptaban al viento

y a la lluvia.

La voz del hombre fuiste

desde entonces

y el canto de la tierra

que germina,

el río, el movimiento

de la naturaleza.

Desató la cascada

su inagotable trueno

sobre tu corazón, como si un río

cayera en una piedra

y la piedra contara

con la boca

de todos los callados,

hasta que todo y todos

en tu voz

levantaron

hacia la luz su sangre,

y tierra y cielo, fuego y sombra

y agua,

subieron con tu canto.

Pero

más tarde

el mundo

se oscureció de nuevo.

Terror, guerra

y dolores

apagaron

la llama verde,

el fuego

de la rosa

y sobre

las ciudades

cayó

polvo

terrible,

ceniza

de los asesinados.

Iban

hacia los hornos

con un número

en la frente

y sin cabellos,

los hombres, las mujeres,

los ancianos, los niños

recogidos

en Polonia, en Ucrania,

en Amsterdam, en Praga.

Otra vez

fueron

tristes

las ciudades

y el silencio

fue grande,

duro,

como piedra de tumba

sobre un corazón vivo,

como una mano muerta

sobre la voz de un niño.

Entonces

tú, Paul Robeson,

cantaste.

Otra vez

se oyó sobre la tierra

la poderosa

voz

del agua

sobre el ruego,

la solemne, pausada, ronca,

pura

voz de la tierra

recordándonos

que aún

éramos hombres,

que compartíamos

el duelo y la esperanza.

Tu voz

nos separó del crimen,

una vez más

apartó

la luz de las tinieblas.

Luego

en Hiroshima

cayó

todo el silencio,

todo.

Nada

quedó:

ni un pájaro equivocado en

una ventana fallecida,

ni una madre

con un

niño que llora,

ni el eco

de una usina,

ni

la

voz

de

un

violín

agonizante.

Nada.

Del cielo

cayó todo el silencio

de la muerte.

Y entonces

otra

vez,

padre,

hermano,

voz

del hombre

en su resurrección

sonora,

en su

profundidad,

en su esperanza,

Paul,

cantaste.

Otra vez

tu corazón de río

fue más alto,

más

ancho

que el silencio.

Yo sería

mezquino

sí te coronara

rey de la voz

del negro,

sólo

grande en tu raza,

entre tu bella

grey

de música y marfil,

que sólo para oscuros

niños

encadenados por los amos

crueles,

cantas.

No,

Paul Robeson,

tú,

junto

a Lincoln

cantabas,

cubriendo

el cielo con tu voz sagrada,

no sólo para negros, para los pobres negros, sino para los pobres

blancos,

para

los pobres indios,

para todos

los pueblos.

Paul

Robeson,

no

te quedaste mudo

cuando

a Pedro o a Juan

le pusieron los muebles

en la calle, en la lluvia,

o cuando

los milenarios sacrificadores

quemaron

el doble corazón

de los que ardieron

como cuando

en mi patria

el trigo crece en tierra de

volcán

nunca

dejaste

tu canción: caía

el hombre y tú

lo levantabas,

eras a veces

un subterráneo

río,

algo

que apenas

sostenía la luz

en las tinieblas,

la última

espada

del honor

que moría,

el postrer rayo

herido,

el trueno inextinguible.

El pan del hombre,

honor,

lucha,

esperanza,

tú lo defiendes,

Paul

Robeson.

La luz del hombre,

hijo

del sol,

del nuestro,

sol

del suburbio

americano

y de las nieves

rojas

de los Andes:

proteges nuestra luz.

Canta,

camarada,

canta,

hermano

de la tierra,

canta,

buen

padre

del fuego,

canta

para todos nosotros,

los que viven

pescando,

clavando clavos con

viejos martillos,

hilando

crueles

hilos de seda,

machacando la pulpa

del papel, imprimiendo,

para

todos

aquellos

que

apenas

pueden cerrar los ojos

en la cárcel,

despertados

a medianoche,

apenas

seres

humanos

entre dos torturas,

para los que combaten

con el cobre

en la

desnuda

soledad andina,

a cuatro

mil

metros de altura.

Canta,

amigo

mío,

no dejes

de cantar:

derrotaste

el silencio

de los ríos

que no tenían voz

porque llevaban

sangre,

tu voz habla por ellos,

canta,

tu voz

reúne

a muchos hombres

que no

se conocían.

Ahora

lejos,

en los magnéticos Urales

y en la perdida

nieve

patagónica,

tú, cantando,

atraviesas

sombra,

distancia,

olores

de mar y matorrales,

y el oído

del

joven

fogonero,

del cazador errante,

del vaquero

que se quedó de pronto solo

con su guitarra,

te escuchan.

Y en su prisión perdida, en

Venezuela,

Jesús Faría,

el noble, el luminoso,

oyó el trueno sereno

de tu canto.

Porque tú cantas

saben que existe el mar

y que el mar canta.

Saben que es libre el mar,

ancho y florido,

y así es tu voz, hermano.

Es nuestro el sol. La tierra

será nuestra.

Torre del mar, tú seguirás

cantando.

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